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Los Principios del Liberalismo













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El liberalismo es una corriente de pensamientos(filosóficos y económicos) y de acción política que propugna limitar al máximo el poder coactivo del Estado sobre los seres humanos y la sociedad civil. Así, forman parte del idilio liberal de defensa de la economía de mercado (también denominada "sistema capitalista" o de "libre empresa"); la libertad de comercio (librecambismo) y , en general, la libre circulación de personas, capitales y bienes; el mantenimiento de un sistema monetario rígido que impida su manipulación inflacionaria por parte de los gobernantes; el establecimiento de un Estado de Derecho, en le que todos seres humanos -incluyendo aquellos que en cada momento formen parte del Gobierno- estén sometidos al mismo marco mínimo de leyes entendidas en un sentido "material" (normas jurídicas, básicamente de derecho civil y penal, abstractas y de general e igual e igual aplicación a todos); la limitación del poder del Gobierno al mínimo necesario para definir y defender adecuadamente el derecho a la vida y ala propiedad privada, a la posesión pacíficamente adquirida, y al cumplimiento de las promesas y contratos; la limitación y control de gasto público, el principio del presupuesto equilibrado y el mantenimiento de un nivel reducido de impuestos; el establecimiento de un sistema estricto de separación de poderes políticos (Legislativo, ejecutivo y judicial) que evite cualquier atisbo de tiranía; el principio de autodeterminación, en virtud del cual cualquier grupo social ha de poder elegir libremente qué organización política desea formar o a qué Estado desea o no adscribirse; la utilización de procedimientos democráticos para elegir a los gobernantes, sin que la democracia se utilice, en ningún caso, como coartada para justificar la violencia del Estado de Derecho ni la coacción a las minorías; y el establecimiento, en suma, de un orden mundial basado en la paz y en el libre comercio voluntario, entre todas las naciones de la Tierra. Estos principios básicos constituyen los pilares de la civilización occidental y su formación, articulación, desarrollo y perfeccionamiento son uno de los logros más importantes en la historia del pensamiento del genero humano. Aunque tradicionalmente se ha afirmado que la doctrina liberal tiene su origen en el pensamiento de la Escuela Escocesa del siglo XVIII, o en el ideario de la Revolución Francesa, lo cierto es que tal origen puede incluso hasta la tradición más clásica del pensamiento filosófico griego y de la ciencia jurídica romana. Así, sabemos gracias a Tucídides  (Guerra del Peloponeso), cómo Pericles constataba que en Atenas "la libertad que disfrutamos en nuestro gobierno se extiende también a la vida ordinaria, donde lejos de ejercer éste  una celosa vigilancia sobre todos y cada uno, no sentimos cólera porque nuestro vecino haga lo que desee", pudiéndose encontrar en la Oración Fúnebre de Pericles una de las más bellas descripciones del principio liberal de la igualdad de todos ante de la ley. Posteriormente en Roma se descubre que el derecho es básicamente consuetudinario y que las instituciones jurídicas (como las lingüísticas y económicas) surgen como resultado de un largo proceso evolutivo e incorporan un enorme volumen de información y conocimientos que supera, con mucho, la capacidad mental de cualquier gobernante, por sabio y bueno que éste sea. Así, sabemos gracias a Cicerón de re pública, II, 1-2) como para Catón "el motivo por el que nuestro sistema político fue superior los de todos los demás países era éste: los sistemas políticos de los demás países habían sido creados introduciendo leyes e instituciones según el parecer personal de individuos particulares tales como Minos en Creta y Licurgo en Esparta... En cambio, nuestra república romana no se debe a la creación personal de un hombre, sino de muchos. No han sido fundada durante la vida de un individuo particular, sino a través de una serie de siglos y generaciones. Porque no ha habido nunca en el mundo un hombre tan inteligente como para preverlo todo, e incluso si pudiéramos concentrar todos los cerebros en la cabeza de un mismo hombre, le seria a este imposible tener en cuenta todo el mismo tiempo, sin haber acumulado la experiencia que se deriva de la practica en el transcurso de una largo periodo de la historia". El núcleo de esta idea esencia, que habrá de constituir el corazón del argumento de  Ludwig von Mises sobre la imposibilidad teórica de la planificación socialista, se conserva y refuerza en la Edad Media gracias al humanismo cristiano y a la filosofía tomista del derecho natural, que se concibe como cuerpo ético previo y superior al poder de cada gobierno terrenal. Pedro Juan de Olivi, San Bernardino de Siena y San Antonio de Florencia, entre otros, teorizan sobre papel protagonista que la capacidad empresarial y creativa del ser humano tiene como impulsora de la economía de mercado y de la civilización. Y el testigo de esta línea de pensamiento se recoge y perfecciona por esos grandes teóricos que fueron nuestros escolásticos durante el Siglo de Oro español, hasta el punto de que uno de los más grandes pensadores liberales del siglo XX, el austriaco Friedrich A. Hayek, Premio Nóbel de Economía en 1974, llegó a afirmar que "los principios teóricos de la economía de mercado y los elementos básicos del liberalismo económico no fueron diseñados, como se creía, por los calvinistas y protestantes escoceses, sino por los jesuitas y miembros de la  Escuela de Salamanca durante el Siglo de Oro español". Así Diego de Covarrubias y Leyva, arzobispo de Segovia y ministro de Felipe II, ya en 1554 expuso de forma impecable la teoría subjetiva del valor, sobre la que gira toda económica de libre mercado, al afirmar que "el valor de una cosa no depende de su naturaleza objetiva sino de la estimación subjetiva de los hombres, incluso aunque tal estimación sea alocada"; y añade que ilustra sus tesis que "en las Indias el trigo se valora más, y ello a pesar de que la naturaleza del trigo es la misma en ambos lugares". Otro notable escolástico, Luis Saravia de la Calle, basándose en la concepción subjetivista de Covarrubias, descubre la verdadera relación que son los costes los que tienden a seguir a los precios y no al revés, anticipándose así  a refutar los errores de la teoría objetiva del valor del Carlos Marx y de sus sucesores socialistas. Así, en su Instrucción de mercaderes (Medina del campo 1544) puede leerse: "Los que miden el justo precio de la cosa según el trabajo, costas y peligros del que trata o hace la mercadería yerran mucho; porque el justo precio nace de la abundancia o falta de mercadería, de mercaderes de dineros, y no de las costas, trabajos y peligros"

Otra notable aportación de nuestros escolásticos es su introducción de concepto dinámico de competencia (en latín concurrentium), entidad como el proceso empresarial de rivalidad que mueve el mercado e impulsa el desarrollo de la sociedad. Esta idea les llevo a su vez a concluir que los llamados "precios del modelo de equilibrio", que los teóricos socialistas pretenden utilizar para justificar el intervensionismo y la planificación del mercado, nunca podrán llegar a ser conocidos. Raymond de Roover (Scholastics Economics, 1955) atribuye  a Luis de Molina el concepto dinámico de competencia entidad como "el proceso de rivalidad entre compradores que tienden a elevar el precio", y que nada tiene que ver con el modelo estático de "competencia perfecta" que hoy en día los llamados "teóricos del socialismo de mercado" ingenuamente creen que se puede simular en un régimen sin propiedad privada. Sin embargo, es Jerónimo Castillo de Bovadilla el que mejor expone esta concepción dinámica de la libre competencia entre empresarios en un libro Política para corregidores publicado en Salamanca en 1585, y en el que indica que la más positiva esencia de la competencia consiste en tratar de "emular" al competidor. Bovadilla enuncia, además, la siguiente ley económica, base de la defensa del mercado por parte de todo liberal: "los precios de los productos bajarán con la abundancia, emulación y concurrencia de vendedores". Y en cuanto a la imposibilidad de que los gobernadores puedan llegar a conocer los precios de equilibrio y demás datos que necesitan para intervenir en el mercado, destacan las aportaciones de los cardenales jesuitas españoles Juan de Lugo y Juan de Salas. El primero, Juan de Lugo, preguntándose cual puede ser el precio de equilibrio, ya en 1643 concluye que depende de tan gran cantidad de circunstancia especificas  que sólo Dios puede conocerlo (pretium iustum mathematicum licet soli Deo notum. Y Juan de Salas, en 1617, refiriéndose a las posibilidades de que un gobernante pueda llegar a conocer la información especifica que se crea, descubre y maneja en la sociedad civil afirma que "quas exacte comprehendere et pondedare Dei est non hominum", es decir, que sólo Dios, y no los hombres, pueden llegar a comprender y ponderar exactamente la información  y el conocimiento que maneja un mercado libre con todas sus circunstancias particulares de tiempo y lugar. Tanto Juan de Lugo como Juan de Salas anticipan, pues, es más de tres siglos, las más refinadas aportaciones científicas de los pensadores liberales más conspicuos (Mises; Hayek). Por otro lado, tampoco debemos olvidar al gran fundador del Derecho Internacional Francisco de Victoria, a Francisco Suárez y a su escuela de teóricos del derecho natural, que con tanta brillantez y coherencia retomaron la idea tomista de la superioridad moral del derecho natural frente al poder del Estado, aplicándola con éxito a múltiples cosas particulares que,  como el de la critica moral a la esclavización de los indios en el recién descubierta América, exigían una clara y rápida toma de posición intelectual. Pero, sin duda alguna, el más liberal de  nuestros escolásticos ha sido el gran padre jesuita Juan de Mariana (1536-1624) que llevó hasta sus últimas consecuencias lógicas la doctrina liberal de la superioridad del derecho natural frente al poder del estado y que hoty han retomado filósofo liberales tan importantes como Murria Rothbart y Robert Nozick. Especial importancia tiene el desarrollo de la doctrina sobre la legitimidad del tiranicidio que Mariana desarrolla en su libro De rege et regis institutione, publicado en 1598. Mariana califica  de  tiranos a figuras históricas como Alejandro Magno o Julio César, y argumenta que está justificado que cualquier ciudadano asesine al que tiranice a la sociedad civil, considerando actos de tiranía, entre otros, el establecer impuestos sin el consentimiento del pueblo, o impedir que se reúna un parlamento libremente elegido. Otras muestras típicas del actuar de un tirano son, para Mariana, la construcción de obras publicas faraónicas que, como las pirámides  de Egipto, siempre se financian esclavizando y explotando a los súbditos o la creación de policías secretas para impedir que los ciudadanos se quejen y expresen libremente. Otra obra esencial de Mariana es la publicada  en 1609 con el titulo De monetae mutatione, posteriormente traducida al castellano con el titulo de tratado y discurso sobre la moneda de vellón que al presente se labra en castilla y de algunos desórdenes y abusos. En este notable trabajo de Mariana considera tirano a todo gobernante que devalúe el contenido de metal  de la moneda, imponiendo a los ciudadanos sin su consentimiento el odioso impuesto inflacionario o la  creación de privilegios y monopolios fiscales. Mariana también critica el establecimiento de precios máximos para "luchar contra la inflación", y propone la reducción del gasto público como principal medida de política económica para equilibrar el presupuesto. Por último, en 1625, el padre Juan de Mariana publicó otro libro titulado discursos sobre las enfermedades de la Compañía en el que ahonda en la idea liberal de que es posible que el gobierno organice la sociedad civil con base en mandatos coactivos, y ellos por falta de información. Mariana, refiriéndose al gobierno dice que "es gran desatino que el ciego quiera guiar al que ve", añadiendo que el gobernante "no conoce las personas, ni los hechos, a los menos, con todas las circunstancias que tienen, de que pende al acierto. Forzoso es que se caiga en yerros muchos, y graves, y por ellos se disguste la gente, y menosprecie gobierno tan ciego"; concluyendo Mariana que "es loco el poder y mando", y que cuando "las leyes son muchas en demencia; y como no todas se pueden guardar, sin aun saber, a todas se pierde el respeto".

 

Toda esta tradición se filtra por los ambientes intelectuales de todo el continente europeo influyendo en notables pensadores liberales de Francia como Balesbat (1692), el marqués D'Argenson (1751) y, sobre todo, Jacques Turgot, que desde mucho antes  que Adam Smith, y siguiendo a los escolásticos españoles ya había articulado perfectamente el carácter disperso del conocimiento que incorporan las instituciones sociales entendidas como órdenes espontáneos. Así Turgot, en su Elegía a Gournay (1759) escribe que "no es preciso probar que cada individuo es el único que pueda juzgar con conocimiento de causa el uso más ventajoso de sus tierras y esfuerzo. Solamente él posee el conocimiento particular sin el cual hasta el hombre más sabio se encontraría a ciegas. Aprende de sus intentos repetidos, de sus éxitos y de sus pérdidas, y así va adquiriendo un especial sentido para los negocios que es mucho más ingenioso que el conocimiento teórico que puede adquirir un observador indiferente, porque está impulsado por la necesidad". Y siguiendo a Juan de Mariana, Turgot concluye que es "completamente imposible dirigir mediante reglas rígidas y un control continuo la multitud de transacciones que aunque sólo sea por su inmensidad no puede llegar a ser plenamente conocida, y que además depende de una multitud de circunstancias siempre cambiantes, que no pueden controlarse, ni menos aún preverse".

 

Desafortunadamente, toda esta tradición liberal del pensamiento hispano fue barrida en la Teoría y en la practica, como indica Francisco Martínez Marina (Teorías de las cortes o Grandes Juntas Nacionales de los Reinos de León y Castilla) por los Austria y los Borbones que han producido una "monstruosa reunión de todos los poderes en una persona, el abandono y la abolición de las Cortes y siglos de esclavitud del más honroso despotismo". Se termina de conciliar así en nuestro país un marco Político y social intolerante e intervensionista ajeno a las más genuinas tradiciones representativas y liberales de los viejos reinos de España: la antigua tolerancia y modus vivendi entre las tres religiones de judíos, moros y cristianos de la época de Alfonso X El Sabio, es sustituida por la intolerancia religiosa de los Reyes católicos y sus sucesores, que Américo Castro (La realidad histórica de España) y otros han interpretado como una desviación mimética de la cultura y sociedad españolas que paradójicamente terminan reflejado e incorporado en su esencia más íntima las características más negativas de sus seculares "enemigos": el integrismo religioso musulmán justificador de la Guerra de Santa contra el infiel, y la obsesión por la pureza de la sangre, propio del pueblo judío. No se absorben, por el contrario la proverbial iniciativa y espíritu empresarial de los comerciales y artesanos hebreos y moriscos que hasta su expulsión contribuyeron la medula económica del país. En España se termina menospreciando, por considerarse impropia de cristianos viejos, la función empresarial y prácticamente hasta hoy el éxito económico se valora negativamente a nivel social y se critica con envidia destructiva, en vez de ser considerado como una sana y necesaria muestra del avance de la civilización, que es precio emular y fomentar. Si a todo añadimos la "Leyenda Negra" que impulsaba por el mundo protestante y anglosajón tuvo como objetivo desprestigiar todo lo español, se comprenderá la soledad y el vacío ideológico con que se hallaron los ilustradores españoles del siglo XVIII, como Campomanes y Jovellanos, y los padres de la patria reunidos en las Cortes de Cádiz que habrían de redactar nuestra primera Constitución de 1812, y que fueron los primeros en el mundo en calificarse a sí mismos con el término, introducido por ellos, de "liberales".

 

La situación en el resto del mundo intelectual europeo no evoluciono mucho mejor que en España. El triunfo de la Reforma protestante desprestigio el papel de la Iglesia Católica como límite y contrapeso del poder secular de los gobiernos, que se vio así reforzado. Además, el pensamiento protestante y la imperfecta  recepción en el mundo anglosajón de la tradición liberal usnaturalista a través de los "escolásticos protestantes" Hugo Grocio y Punfendorf; explica la importante involución que respecto del interior pensamiento liberal supuso Adam Smith. En efecto, como bien indica Murria N. Rothbard (Economic thought before Adam Smith, 1995), Adam Smith abandono las construcciones anteriores centradas en la teoría subjetiva del valor, la función empresarial y el interés por explicar los precios que se dan en el mercado real, sustituyéndolas todas ellas por la teoría objetiva del valor trabajo, sobre la que luego Marx construirá, como conclusión natural, sobre la teoría socialista de la explotación.  Además, Adam Smith se centra en explicar con carácter  preferente el "precio natural" de equilibrio a largo plazo, modelo de equilibrio en el que la función  empresarial brilla por su ausencia y en el que se supone que toda la información necesaria ya esta disponible, por lo que será utilizado después por los teóricos neoclásicos del equilibrio para criticar los supuestos "fallos del mercado" y justificar el socialismo y la intervención del estado sobre la economía y la sociedad civil. Adam Smith impregno la Ciencia Económica de calvinismo, por ejemplo al apoyar la prohibición de la usura y al distinguir entre ocupaciones "productivas" e "mproductivas". Finalmente, Adam Smith rompio con el laissez-faire radical de sus antecesores usnaturalistas del continente (españoles, franceses e italianos) introduciendo en la historia del pensamiento un "liberalismo" tibio tan plagado de excepciones y matizaciones, que muchos "socialdemócratas" de hoy en día podrían incluso aceptar. La influencia negativa del pensamiento  de la Escuela Clásica anglosajona sobre el liberalismo se acentúa con los sucesores de Adam Smith y, en especial, con Jeremías Bentham, que inocula el bacilo del utilitarismo más estrecho en la filosofía liberal, facilitando con ello el desarrollo de todo un análisis pseudocientífico de costes y beneficios (que se crean conocidos), y el surgimiento de toda una tradición de ingenieros sociales que pretenden moldear la sociedad a sui antojo, utilizando el poder coactivo del Estado. En Inglaterra, Stuart Mill culmina esta tendencia con su apostasía del laissez-faire y sus numerosas concesiones al socialismo, e en Francia, el triunfo del racionalismo constructivista de origen cartesiano explica el dominio intervensionista de la École Polytechnique y del socialismo cientificista de Saint-Simón y Comte (véase  F.A. Hayek, The Counter-Revolution of Science, 1955), que a duras penas logran contenerlos liberales franceses de la tradición de Juan Bautista Say, agrupados en torno Fréderic Bastiat y Gustave de Molinari. Esta intoxicación intervensionista en el contenido doctrinal del liberalismo decimonónico fue  fatal en la evolución política  del liberalismo contemporáneo: unos tras otros los diferentes partidos políticos liberales caen victimas del "pragmatismo", y en aras de mantener el poder en el corto plazo consensúan políticas de compromiso que traicionan sus principios esenciales al electorado y facilitando en última instancia el triunfo político del socialismo. Así, el partido liberal inglés termina desapareciendo en Inglaterra engullido por el partido laborista, y algo muy parecido sucede en el resto de Europa. La confusión a nivel político y doctrinal es tan grande que en muchas ocasiones los intervencionistas más conspicuos como John Maynard Keynes, terminan apropiándose del término "liberalismo" que , al menos en Inglaterra, Estados Unidos y, en general, en el mundo anglosajón pasa a utilizarse para denominar la socialdemocracia impulsadora del Estado del bienestar, viéndose obligados los verdaderos liberales a buscarse otro término definitorio ("classical liberals", "conservative libertarians" o simplemente, "libertarians").

 

En este contexto de confusión doctrinal y política no es de extrañar que en nuestro país nunca haya cuajado una verdadera revolución liberal. Aunque en el siglo XIX se puede distinguir una señera tradición del más genuino liberalismo, con representantes tan conspicuos como Laureano Figuerola y Ballester, Alvaro Flórez Estrada, Luis María Pastor, y otros, se desarrolla doctrinalmente muy influida por el tibio liberalismo de la Escuela Anglosajona (la traducción  española de José Alonso Ortiz de La riqueza de las naciones ya se había publicado en Santander en 1794), o por el racionalismo jacobino de la Revolución Francesa. En el ámbito político el liberalismo español se enfrenta primero a las poderosas fuerzas  absolutistas y después al pragmatismo disgregados de los "moderados", todo ello en un entorno  continuo de guerra civil desgarradora. De manera que el triunfo de la Gloriosa Revolución Liberal de 1868 es efímero y cuando se produce la Restauración Canovista de 1871, triunfa el arancel proteccionistas y traicionan principios liberales esenciales, por ejemplo, en el ámbito de la autodeterminación del pueblo cubano, con un costes tremendo para la nación en términos de sufrimientos humanos. Y ya entrado el siglo XX la pérdida de contenido doctrinal del Partido Liberal Democrático se hace cada vez más patente y en cierta medida culmina con el "reformismo social" de José Canalejas que impregna su política de medidas intervensionistas y socializadoras, restablece el servicio militar y obligatorio y sigue adelante con la inmoral y nefasta política de gradual implicación militar de nuestro país en Marruecos. En este contexto   de vacío doctrinal no es de extrañar que los pocos españoles que continúan aceptando calificarse de "liberales" crean que el liberalismo, más que un cuerpo de principios dogmáticos a favor de la libertad, es un simple "talante" caracterizado por la tolerancia y apertura ante toda las posiciones. Así, para  Gregorio Marañón (véase el "Prólogo" a sus Ensayos liberales) "ser liberal es, precisamente estas dos cosas: primero, estar dispuesto a entenderse con el que piensa de otro modo; y segundo, no admitir jamás que el fin justificar los medios, sino que, por el contrario, son los medios los que justifican el fin. El liberalismo es, pues, una conducta y, por tanto, es mucho más que unja política". Posición que en gran mediad es compartida por grandes liberales españoles de la primera mitad del siglo XX, como José  Ortega y Gasset o Salvador de Madariaga, y que en gran parte explica por qué el protagonismo político, primero durante la dictadura del General Primo de Ribera, después durante la Republica y más tarde durante el franquismo, nunca estuviera en manos de  ambos extremos del intervensionismo (el socialismo obrero o el fascismo o socialismo conservador o de derecha), o bajo el control de políticos racionalistas jacobinos como Manuel Azaña.

 

A pesar de que el siglo XX será tristemente recordado como el siglo del estatismo y de los totalitarios de todo signo que más sufriendo han causado al genero humano, en sus últimos veinticinco años se ha observado con gran pujanza un notable resurgir del liberal que debe achacarse a las siguientes razones.  Primeramente, al rearme teórico liberal protagonizado por un puñado de pensadores que, en su mayoría, pertenecen o están influidos por la Escuela Austriaca que fue fundada en Viena cuando Carl Menger retomó en 1871 la tradición liberal subjetivista de los escolásticos españoles. Entre otros teóricos, destacan sobre todo Ludwig von Mises y Friedrich A. Hayek , quienes fueron los primeros en predecir el advenimiento de las Gran Depresión de 1929 como resultado del intervensionismo monetario y fiscal emprendido por los gobiernos durante los "felices" años veinte, en descubrir el teorema de la imposibilidad científica del socialismo por falta de información, y en explicar el fracaso de las prescripciones keynesianas que se hizo evidente con el surgimiento de la grave recesión inflacionaria de los años setenta. Estos teóricos han elaborado, por primera vez, un cuerpo completo y perfeccionado de doctrina liberal en el que también han participado pensadores de otras escuelas liberales menos comprendidas como la de Chicago (Knight, Stigler, Friedman y Becker), el "ordo-liberalismo" de la "economía social de mercado" alemana (Röpke, Eucken, Erhard), o la llamada escuela de la Elección Pública (Buchanan, Tullock y el resto de los teóricos de los fallos del gobierno). En segundo lugar, cabe mencionar el triunfo de la llamada revolución liberal-conservadora protagonizada por Ronal Reagan Y Margaret Thatcher en Estados Unidos e Inglaterra a lo largo de los años ochenta. Así, de 1980 a 1988, Ronald Reagan llevó a cabo una importante reforma fiscal que redujo el tipo marginal del impuesto sobre la renta al 28 por 100 y desmantelo, en gran medida, la regulación administrativa de la economía, generando un importante auge  económico que creo en un país más de 12 millones de puestos de trabajo. Y más cerca de nosotros, Margaret Thatcher impulsó el programa de privatizaciones de empresas públicas más ambicioso que hasta hoy se ha conocido en el mundo, redujo el 40 por ciento el tipo marginal del impuesto sobre  la renta, acabó con los abusos  de los sindicatos en inició un programa de regeneración moral que impulsó fuertemente la economía inglesa, lastrad durante decenios por el intervensionismo de los laboristas y de los conservadores más "pragmáticos" (como Edward Heath y otros). En tercer lugar, quizas el hacho histórico más importante haya sido la caída del Muro de Berlín y el desmoronamiento del socialismo en Rusia y en los países del Este de Europa, que hoy se esfuerza por construir sus economías de mercado en un Estado de Derecho. Todos estos hechos al convencimiento de que el liberalismo y la economía de libre mercado son el sistema político y económico más eficiente, moral y compatible con la naturaleza del ser humano. Así por ejemplo, Juan Pablo II, preguntándose  si el capitalismo es la vía para el progreso económico social, ha contestado lo siguiente (véase Centessimus Annus, cap. IV, num. 42): "Si por 'capitalismo' se entiende un sistema económico que reconoce el papel fundamental y positivo de la empresa, el mercado, de la propiedad privada y de la consiguiente responsabilidad para con los medios de producción, la respuesta es ciertamente positiva, aunque quizás sería más apropiado hablar de 'economía de mercado' o, simplemente 'economía libre'".

 

El pensamiento  español no se ha mantenido ajeno a este resurgir mundial liberalismo. Pensadores como Lucas Beltrán o Luis de Olariaga  supieron mantener viva la llama liberal durante los largos años del autoritarismo franquista, llevándose a cabo un importante esfuerzo de estudio y popularización del ideario liberal por parte de los profesores, intelectuales y empresarios aglutinados en torno a la sociedad liberal Mont Pélerin fundada por Hayek en 1947, y al proyecto de Unión Editorial que, a lo largo de los últimos 25 años, ha traducido, publicado y distribuido incansablemente en nuestro país las principales obras de contenido liberal escritas por pensadores extranjeros y nacionales. Entre éstos destacan los hermanos Joaquín y Luis Reig Albiol, Juan Marcos de la Fuente, Julio Pascual Vicente, Pedro Schwartz, Rafael Termes, Carlos Rodríguez Braun, Lorenzo Bernaldo de Quirós, Francisco Cabrillo, Joaquín Trigo, Juan Torres, Fernando Chueca Gotilla y, como principal representante de la tradición liberal subjetivista en nuestro país, el profesor Jesús Huerta de Soto. La influencia de esta corriente doctrinal no ha dejado de sentirse en la vida política de nuestro país a partir del restablecimiento de la monarquía constitucional, primero dentro de la extinta Unión del centro Democrático a través de Antonio Fontán y del ya fallecido Joaquín Garrigues Walker; después vino el partido democrático liberal de Antonio Garrides Walker, que integrado en el Patrimonio Reformista de Miguel Roca no logró representación parlamentaria en las elecciones de 1986; posteriormente tuvieron representación parlamentaria la Unión Liberal de Pedro Schwartz y el Partido Liberal de Antonio Segurado, ambos integrados dentro, primero de Alianza Popular, y después en la Coalición Popular (1982-1987). Y tras los años de gobierno del PSOE, en los cuales, y a pesar de sus atentados al principio liberal de separación de poderes, también cupo distinguir una tímida corriente liberal de la mano de Miguel Boyer y Miguel Ángel Fernández Ordóñez, tanto el Presidente del Gobierno del Partido Popular, José María Aznar, como algunos de sus ministros más significados (como Esperanza Aguirre y otros) no han dudado en calificarse como los herederos actuales de liberalismo y del centrismo político.

 

Dada la trágica trayectoria del socialismo a lo largo de este siglo no es aventurado pensar que el liberalismo se presente como el ideario político y económico con más posibilidades de triunfar en el futuro. Y aunque quedan algunos ámbitos en los que la liberalización sigue plantando dudas y discrepancias -como, por ejemplo, el de la privatización del dinero, el desmantelamiento de los mega gobiernos centrales a través de la descentralización autonómica y del nacionalismo liberal, y la necesidad de defender el ideario liberal con base en consideración predominantemente éticas más que de simple eficacia- el liberalismo promete como la doctrina más fructífera y humanista.































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